España no se gobierna: se aguanta

España no se gobierna: se aguanta
Llevamos demasiado tiempo normalizando lo que no es normal.
España no puede vivir en un estado permanente de campaña, de bronca calculada y de supervivencia parlamentaria. Y, sin embargo, eso es exactamente lo que tenemos: un Gobierno que no gobierna para un proyecto común, sino para aguantar un día más. Y en el centro de todo, Pedro Sánchez.
En el Congreso, Sánchez ha vuelto a convertir un problema serio —los incidentes ferroviarios y el estado de infraestructuras como Rodalies— en un intercambio de culpas y propaganda, anunciando grandes cifras de inversión mientras el debate político se pudre en el “y tú más”.
El problema no es solo el tren. El problema es el modelo.
Pactar lo impensable… y llamarlo “progreso”
Hemos visto cómo se ha estirado el concepto de “mayoría” hasta convertirlo en un mercadeo constante: hoy te cedo esto, mañana me votas lo otro. Y así, España queda en manos de quienes no creen en España.
La amnistía —y ahora el pulso institucional sobre si se aplica o no a Puigdemont en ciertos delitos— es el símbolo perfecto: no se discute por convicción jurídica o por interés general, se discute por necesidad política. Fiscalía y Abogacía del Estado han defendido que se amnistíe a Puigdemont ante la negativa del Supremo en la malversación del ‘procés’. ¿De verdad alguien cree que todo esto no condiciona la legislatura?
Y en Cataluña, donde muchos hemos vivido en primera persona el precio de discrepar, esto no es una teoría. Esto se sufre.
Una legislatura secuestrada por el calendario y por los tribunales
Sánchez insiste en mantener su plan de calendario electoral, mirando a 2027 como si el país tuviera que esperar obediente mientras la política se reduce a titulares y a resistir.
Y, además, la agenda pública se ve cada vez más contaminada por frentes judiciales que rodean al PSOE y al entorno del presidente. En 2026, por ejemplo, está previsto el inicio del juicio a David Sánchez, hermano del presidente, por presuntas irregularidades en su contratación en la Diputación de Badajoz. Todo ello, al margen de opiniones, erosiona la confianza ciudadana y alimenta el barro.
Mientras tanto, la política se degrada en un espectáculo de acusaciones cruzadas sobre bulos, desinformación y “fango”, con un presidente más pendiente de señalar al adversario que de reconstruir consensos básicos.
España necesita estabilidad. Y la estabilidad no se improvisa.
La estabilidad no es una palabra bonita para un discurso. Es lo que permite que un autónomo invierta, que una familia planifique, que una empresa contrate, que una administración funcione, que la ley sea ley y no moneda de cambio.
Cuando todo depende de una votación agónica, de un socio enfadado o de un titular, el país no avanza: se encoge.
Por eso, cada día es más evidente que España necesita un rumbo distinto: un proyecto que vuelva a hablar de unidad, seguridad jurídica, gestión y convivencia sin complejos.
Y sí: hay momentos en los que uno tiene que decirlo alto y claro.
¡BASTA! España no puede seguir en manos de quien confunde el interés general con su interés personal de permanecer en La Moncloa.
Alfonso Sánchez Fisac